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martes, 16 de agosto de 2011

Del ingenio y el amor (cuento chino, de la China)


En los tiempos de la emperatriz  Chü-i, había en la corte una ayudante de rango inferior llamada Alike, cuyo  agudo ingenio era conocido sólo por pocos.
Por entonces, debido al desarrollo de la escritura fonética, las mujeres comenzaron a desplazar a los hombres de la escritura. La nueva  caligrafía, más suelta, se adecuaba a la sicología femenina.
Alike, hija de un gran escriba de la corte, heredó también la facilidad de palabra, que escondía muy bien. Su humildad y respeto le impedían ofender a la poco inteligente reina.
Cuenta la tradición que para salvar de un injusto castigo a su compañera Jan Kuie, quien había rendido su amor a un caballero de la corte,  puso a prueba toda su capacidad  creativa.
Jan Kuie, conoció al capitán Tonobu, primer funcionario, en las habitaciones de la emperatriz, durante el concierto de invierno. Como correspondía a su rango, ella estaba sentada sobre almohadones, dos pasos atrás y a la derecha de la reina. Él, en su asiento, en primera fila a escasos metros, pero, en una posición que le impedía   mirarla salvo moviendo exageradamente su cabeza hacia la izquierda. Sólo una excusa podía tener para hacerlo: mirar, sonreír y hacer una inclinación  a la soberana. Cuando lo hizo por cuarta vez, todas las damas (salvo la emperatriz) tuvieron la certeza del motivo de esta extraña conducta.
En realidad, Jan Kuie se enamoró cuando días antes bordaba en la habitación de descanso y lo vio desde el balcón. Su apostura y vestimenta lo hacían lucir, según ella misma le confesó a Alike, como uno de los bellos caballeros representados por los pintores o cantados por los escritores de romances. Vestía un manto forrado en seda; sus pantalones azules, estaban salpicados de bordados con ramas de glicinas; debajo, se asomaban una tras otra las capas de sus vestidos: blancos, violeta claros y otros.
Detrás del balcón, en el jardín, los ciruelos lucían sus flores, rojas a la izquierda, blancas a la derecha, tal como era la costumbre. El sol  del atardecer iluminaba toda la escena y en el interior,  la luz de las velas la hacían  aún más deliciosa.
Alike, nunca supo cuáles fueron los diálogos que se intercambiaron, pero sí, que Jan Kuei había escrito una nota, que llegó a manos desaprensivas y expuesta a los ojos de la emperatriz. Pero, había sido cortada de tal manera que  la mitad restante, y para su sorpresa,  no sólo tenía sentido completo, sino totalmente ofensivo hacia su señora.

                                 Espantosos tormentos
                                 Espero de la Emperatriz
                                 Sufro en silencio
                                 Esta cruel enemiga
                                 Quien me somete sin piedad
                                 Muero cada vez
                                 Nada puedo hacer

                                 Sólo ocultarme a llorar

                                                                 Jan


Enterada Alike, pidió a su amiga que le hiciera saber el contenido total de la carta, pero Jan Kuei se sentía tan avergonzada que prefería “sufrir tormento” antes que decir la verdad.
Alike resolvió entonces que ella escribiría una nueva nota en la que no sólo no aparecería el nombre de su amado, sino que discretamente, la haría llegar a quienes, por su influencia, intercederían ante Chü-i.
Así fue como la inteligente joven, por extraños medios, remitió a varios cortesanos e indirectamente a la emperatriz, la siguiente nota:

Espantosos tormentos estoy dispuesta a soportar.
Espero de la emperatriz su perdón, ante este amor profundo
Sufro en silencio, soñando el momento en que
Esta cruel enemiga: mi alma desesperada
Quien me somete sin piedad, cuando en la soledad
Muero cada vez que tú te marchas.
Nada puedo hacer para dejar de amarte
Sólo ocultarme a llorar, hasta que regresas a mí.
                              Jan Kuei.

La emperatriz, que no se destacaba por su inteligencia, pero sí por su sensibilidad frente al amor, no cejó en su empeño en descubrir al amado y entonces, obviando el respeto a las reglas establecidas “obligó” a los amantes a vivir como esposos “hasta que el amor los separe”, según dijo, durante la ceremonia, frente a la mirada entre sorprendida y burlona de sus cortesanos. Entre tanto, Alike cumplía con los ritos, serena y silenciosa, ocultando a los ojos de todos el placer que le producían los rostros radiantes de felicidad de los novios.

lunes, 8 de agosto de 2011

Alto costo

 Lleva horas sentada en la cama, frente a la única ventana de la habitación. Los brazos rodeando sus piernas y la mirada perdida en ese horizonte mental. El pensamiento vuela lento, frenado por las ataduras y las penosas experiencias.
“La vida empieza mal para muchos. No, para muchos no, para muchas como nosotras”. Se recuerda esa misma mañana acomodando el cuello del guardapolvo  de su hermanita, poniendo en su lugar un mechón desobediente, que volvió a caer  en la frente ni bien lo soltó. Igual que los mechones de su vida.
La dejó en la puerta de la escuela apretándole con fuerza la mano como para convencerla, y convencerse, de que evitaría que la vida siguiera siendo mala con ambas. La miró atravesar la puerta. Cuánto le agradece a la gorda Mirta. Ella denunció al viejo. “Claro, sabía bien lo que pasaba, pero no se animaba porque mi vieja no decía nada. Mi vieja, ¡pobre!... ¿pobre?...”
Desde hace un tiempo está aprendiendo cómo llegar a la noche, meterse en la cama sin temblar, sin que el corazón le  lata a mil por temor al aliento a alcohol, al olor agridulce y al peso insoportable. Deseaba cada vez morirse ya, ahí mismo.
Cuando entró al “Hogar” se quitó de un manotazo las lágrimas que bajaban con  bronca, más que con dolor. A los quince años sabía ya demasiado de la ruindad humana, por eso se prometía que su hermana no perdería las ganas de jugar, de aprender a ser feliz. “Me ocuparé de eso”.
Ya ahorró lo suficiente para comprarle esa muñeca que tanto desea. Y seguirá ahorrando. Es que necesita tanto darle lo que nunca recibió. Sobre todo ternura.  Aunque aún no sabe cómo, no permitirá que le roben lo que a ella ya nunca podrán devolverle: la esperanza. 

viernes, 5 de agosto de 2011

Inventos que no llegarán.

Todos los días y cada hora la revolución de las tecnologías no deja boquiabiertos, una no termina de entender algo y ya aparece el otro algo que lo supera, o incluso que demuestra que el primer algo era equivocado y ahora sí, vemos por fin el algo inequívoco. La tecnología nos ha permitido ver una ruta, un mapa que antes ni sabíamos leer en papel pero oh milagro de su pantalla ahora usted puede gracias a Google ir y venir de su casa a Japón o a las Islas Canarias y ver el recorrido de su supuesto avión. Es más, si Ud. desea, puede mirar su casa desde el satélite y dentro de poco se va a ver usted mirando su casa desde la computadora. Sin dudas eso sucederá en breve. Los años dorados donde usted imaginó o soñó poder ver un ídolo favorito casándose es un juego de niños de jardín de infantes. En breve usted podrá sentir el aroma del banquete de ese casamiento; las sensaciones ya están al alcance de la mano entre su pequeña portátil y sus ídolos favoritos. Viajar incluso será cosa del pasado, el petróleo escasea y usted viajará virtualmente. En gran parte usted ya lo hace, va a casa de sus amigos o parientes que viven a miles de kilómetros cuando chatea o facebookea con ellos.
Sin embargo en ningún apéndice informático se ha inventado ni se va a inventar cómo se puede reír y adelgazar. Y eso es funesto, maquiavélico y es a propósito. Lo hacen para tener gente para discriminar. Como no van a poder inventar una máquina que acumule las calorías gozadas en una risa y las queme tipo trote. Es ridículo que sigamos trotando, corriendo, sudando horas, haciendo Pilates, yoga, y como si eso fuera poco, padeciendo las mil y una dietas. Nunca se puso a pensar que en este nivel de comunicación e inventos es totalmente ilógico que no se haya inventado la máquina que con placer, y digo risa porque a todos nos gusta descostillarnos de risa, se pueda con ella idear la masa corporal humana dejándonos a todos igualitos para que no sufran unos pocos y se llenen los bolsillos los inventores de ejercicios y dietas.
Y no hablemos de los cirujanos plásticos, que se inventan a cada rato como sacarle a uno un pedazo de allá, aspirarle otro poco de acá, encajarle un anillo a cuyá, ni los nombren a ellos, seguro que en parte son responsables de que la máquina de risa para adelgazar nunca llegue al mercado.
Seguirán llegando lechugas con menos calorías, gaseosas asquerosas llenas de edulcorantes naturales o químicos, inventaran la pastilla de soja que alimente África entera, pero no le van a dar con la máquina que lo haga a usted feliz y flaco. No señor, antes se mueren todos, porque si la llegan a inventar…se acabó el chiste de los talles XXG. Se acabó el chiste de no comer chatarra, de vivir sano y caminar una hora por día. Se acabó la gigantesca producción de medio millón de dietas al año publicadas por Internet y cuanta boludez escrita en papel hay. Se acabó con los cirujanos arranca pedazos, y con los pone anillos, y se acabó con las señoritas que vomitan o no comen y con las psicólogos que esas niñas necesitan. Se acabó con la ERA Light, la Era Liviano, la Era sin grasa, la Era sin calorías.
Al diablo con todo el aparato montado para que desfilen y se aparezcan sólo mil personas escuálidas de moda: todos seríamos la moda. Todos igualitos de flacos, todos contentos y felices, flacos cadavéricos comiendo cualquier porquería. Porque¿ quién iba a resistirse a tragar todas las cosas ricas que te venden si después en lugar de correr una hora o parar de comer por un mes te vas a una máquina que además de quemar calorías te hace morir de risa?
NO LA VAN A INVENTAR.

lunes, 1 de agosto de 2011

El Sucesor

Se sentó a horcajadas sobre la silla mirando el respaldo, donde apoyó sus dos manos, tal como el abuelo lo hacía y comenzó a hablar con tono sentencioso, de sabio, que tanto había admirado en él. Sus piernas muy abiertas intentaban abarcar el ancho del asiento, pero sus pies colgaban a unos diez centímetros del piso.
Los otros, lo miraban expectantes.
“Atención”, dijo. “Yo sé que mucho de lo que les voy a decir será chino básico para ustedes, pero se me quedan todos bien tiesos, eh?  Desde que el abuelo se fue, bueno, mejor dicho, se murió, las cosas cambiaron por acá y yo tengo que decirles toda la verdad, sin pelos en la lengua. Si no queremos morirnos de hambre tenemos que caminar con pies de plomo y no levantar la perdiz. Nadie debe saber que nos quedamos solos. Vamos a seguir pidiendo limosna y vendiendo estampitas en los lugares de siempre. En cuanto aparezca la cana se me hacen humo enseguida, no vaya a ser cosa que nos saquen como a ratas por tirantes.
Vos, Colorado, que tenés tantos humos, no te hagas el sabihondo y te quedás mosca si el tano de la verdulería te pregunta algo.
Vos, Pitufo que hablás hasta por los codos te me cuidás bien de abrir la boca, te quiero más callado que tumba, ¿entendés?
A la viejita del departamento del fondo, vamos a tratar de molestarla poco, miren que no tiene un pelo de zonza y puede ir con el cuento a cualquiera. Acuérdense que al pobre viejo lo volvió loco cuando supo que algunos de nosotros no éramos sus nietos de verdad.
Se me levantan todos, bien tempranito y salen como si fueran a la escuela, que no podemos andar avivando giles. Y en cuantito se hace la noche, se vienen todos para acá, que demasiados problemas tengo ya como para preocuparme por saber en qué andan”.
Miró a todos con seriedad, pensando en qué más le quedaba por hacer.
En medio del silencio se bajó de la silla, la dio vuelta, la arrimó a la mesa y con sus siete años,  imitó el andar lento y cadencioso del abuelo.

miércoles, 27 de julio de 2011

El noruego.

Contar la historia de Knut Johan, el noruego, como real, es caer en espejos convexos y por eso prefiero empezar a contar lo que pudo ser el principio y obviar detalles.
Tenía cerca de treinta años cuando partió desde sus fiordos noruegos en un barco inglés, si bien su oficio de marino era de toda la vida, nunca había subido a otro barco que no fuera de su nacionalidad. Pero en ese tiempo el helado puerto nórdico había caído presa de una terrible depresión seguida de una huelga portuaria y él que no quería fallarle a los compañeros navegantes, tuvo que salir en el barco inglés porque en su casa había dos gemelos nuevecitos que debían de ser alimentados por una madre muy joven.
Los compañeros aceptaron sin reproches y él logró que lo contrataran los ingleses, no sabía una palabra de inglés, pero en el motor de los barcos gigantes, el lenguaje de los engranajes era su especialidad.
Partió con rumbo a Brasil el 26 de mayo de 1965, su paga en libra superaba ampliamente lo que ganaba en coronas en barcos noruegos, era su primer viaje atravesando continentes. Así que se encerró con las máquinas intentando que el viejo barco funcionara como debía, cosa no fácil de lograr porque comprendió enseguida que el barco no estaba en condiciones para tan larga travesía.
El viaje, tedioso al principio se volvió insoportable después. El noruego pasaba encerrado entre la grasa, los tornillos, los motores, no se preocupó por entenderse con sus compañeros de habla inglesa, no se comunicó prácticamente con nadie, si necesitaba algo especial, lo pedía con toscas señas.
Debido al deterioro del barco, las escalas no previstas fueron varias. Acabadas las provisiones de güisqui el noruego bajó a algún puerto en busca de alcoholes diversos.
Sin hablar, mudo, taciturno, el hombre bajaba compraba sus bebidas y regresaba a su trabajo. Los otros, avezados hombres de mar también, se encogieron de hombros ante la actitud hostil del tipo encerrado entre los motores y las botellas. Quizá alguno intentó hablarle alguna vez, pero sabemos que él no permitió el diálogo, ni la comunicación. Se encerró cada día más en su mutismo, el trabajo y la bebida. El viaje, y eso forma parte de la historia real, duró casi el triple de lo programado.
El barco ancló en Río de Janeiro como era su destino real. El noruego bajó en ese puerto por sus bebidas, pero jamás regresó al barco.
El calor en esos días era fuera de tiempo y asediaba, para nosotros habitantes de estas zonas son una costumbre que llamamos “ veranillos”. Pero al nórdico lo sofocó el calor, bajó del barco y tuvo visiones borrosas que lo hicieron ahogar en caña brasilera la impresión tórrida. Fue recorriendo la zona portuaria y tomando en grande sorbos la bebida blanca y ardiente. Se fue metiendo en las calles, en el calor húmedo e indisciplinado, entre la gente alegre que parloteaba un idioma desconocido, fue bebiendo y mezclando la caña con cervezas heladas y la sensación de impotencia del largo y mudo viaje, lo pusieron del otro lado del abismo del alcohol.
Porque el hombre bebió y siguió haciéndolo, como castigándose, como culpándose, no paró de beber en tres días y tres noches completas. Cuando los marineros ingleses salieron a buscarlo porque el barco partía, cuando lo vieron, no lo reconocieron, el hombre ya no era él mismo.
Se volvió una fiera: rompió bares, cabezas a botellazos, puertas, mesas, se dio el mismo la cabeza contra las paredes, azotó prostitutas, hizo una barullo tan grande que fue recordado por muchos como: a dia di loriño maluco, algo así como el día del rubio loco.
Gritando en un idioma absolutamente desconocido, lleno de su propia sangre la ropa raída, fuera total de control, lo encontraron las sirenas de los autos de policía que se lo llevaron. Cuentan que no podía con él cuatro policías uniformados, que usaron palos y golpes pero el urso del norte era como un gigante irrompible, los ojos azules le llameaban y volteaba a los uniformados como muñecos de trapo.
Entonces llegaron con la ambulancia del manicomio local y lo pudieron enchalecar entre diez o doce.
No sé cuanto duró su estado de demencia alcohólica, lo conocí hace sólo unos cinco años, cuando ya era toda una institución pacífica y sombría que nadie tenía en cuenta en el hospicio.
Supuse que aquella intoxicación le debió durar días o quizá un mes, la desintoxicación la hizo solo, luego entre drogas y choques lo dejaron manso como cordero. Cuando resucitó de su pesadilla, el barco inglés ya era un punto invisible en el horizonte y él, ni siquiera sabía dónde estaba ni por qué.
Lo siguieron dopando y lo dejaron deambular por ahí, como siempre en estos lugares, los familiares nunca vinieron, nadie lo reclamó y además, jamás se le entendió una sola palabra cuando intentó comunicar algo.
Me contaron que varios médicos jóvenes se acercaban mucho al principio, intentaban con el inglés, o el francés, incluso un alemán intentó con persistencia buscando la comprensión pero el hombre, al escucharlos se encerraba más en su obsesiva forma de bajar la cabeza y no hablar ni gesticular, nada. Cerraba las puertas de su entendimiento, de sus oídos y murmuraba en su idioma sin esperar respuestas. Nunca se lo vio hacer un esfuerzo por comunicarse.
Era aún muy alto y fuerte, rubio al extremo y los ojos lucían un azul profundo. La espalda la mantenía siempre erguida y su murmullo era como monosilábico y pacífico, era como un rezo en letanía. Los otros enfermos, lo respetaban, no lo molestaban. Las enfermeras y médicos lo ignoraban. Él no molestaba a nadie, masticaba su comida con la boca cerrada, no babeaba ni hacía obscenidades, no discutía, no aullaba, ni perseguía a las visitas.
La jefa de enfermeras me avisó, el primer día que me tocó darle su medicación, que él la tiraría: hacía años que tiraba los medicamentos. Todos los médicos y enfermeros lo sabían pero, el pobre noruego era el mejor ejemplar de animal domesticado que se podía encontrar en aquel triste lugar lleno de locos, y entonces, permitían el intercambio: él no tomaba medicamentos, ellos lo sabían pero él no molestaba y su conducta era la de un niño bueno.
Durante los tres años que ofrecí mi voluntariado en el lugar lo vi hacer su rutina que, según los médicos más viejos, era la de hacía más de veinte años: se levantaba al alba y se bañaba con agua helada en cualquier época del año, lavaba allí mismo con esmero su ropa y esperaba paciente que le entregaran la seca. Si algún enfermo lo molestaba lo corría con su altura colosal y su dialecto insufrible. Comía todo lo que le daban, fumaba si alguien le daba cigarrillos pero no los pedía, pasaba la tarde entera en el patio central sin molestar para nada. Canturreaba apenas y se paseaba con su espalda derecha mirando un horizonte que no existía.
Debió de padecer una procesión interna desconocida, su concentración en medio de tanto loco era casi mística pues era imperturbable. Nada lo alejaba de su rutina, de su murmuración con sí mismo, su canturrear era lento pero acompasado sonando en su lengua extraña. Llegamos a creer, y no sólo los voluntarios sino varios profesionales, que era su lenguaje de loco, que había inventado aquella especie de lengua.
Después de aquella veintena de años, ya nadie recordaba muy bien por qué y cómo había llegado hasta allí. Jamás había intentado escapar, no había golpeado a nadie y mucho menos, molestado, sin dudas, su procesión y su fuga eran internas.
Lo asistí en mi labor de voluntaria por un azar del destino que me llevó hacia ese lugar, intenté todo el tiempo dialogar con él, en español, en portugués, en italiano que son las lenguas con las que me defiendo, era imposible, porque directamente no me oía, yo llegué a plantear si no tendría problemas de audición. Pero ya habían descartado esa posibilidad por reflejos que tenía ante ciertos sonidos. No podía, o no quería, hacerse entender y menos, entender lo que le decían. Así fue como me acostumbré a su rutina como todos los demás y fue dejando de interesarme la historia del coloso rubio que canturreaba en el idioma propio. Sin embargo cada vez que me lo cruzaba en el patio y lo miraba, no podía sostenerle el segundo que duraba el cruce de miradas: un mar profundo en el fondo azul de sus ojos me decían de algo que había más allá de su loca rutina vaga. Un alma profundamente atormentada se paseaba con su espalda erguida como buscando una huella.
Me había olvidado de él cuando otro azar del destino trajo al doctor Shueider al hospicio, era un hombre simpático y cincuentón que había vivido por diferentes circunstancias políticas en Europa durante muchos años. Vino también intentando colaborar por un año con nosotros pero, el hacinamiento y el empobrecimiento del lugar prolongaron su estancia. Y sucedió. Un día cualquiera se cruzó al noruego en el patio central, se detuvo y comenzó a seguir su caminata escuchando su canto. Traté de inmediato de ponerlo al tanto del caso del rubio loco que manejaba su propio léxico desconocido pero me paró con un gesto, y siguió caminando junto al hombre.
De pronto le dirigió aquellas palabras y el rubio de mirada perdida se detuvo. Unos segundos más tarde, le contestó. El diálogo se prolongó más o menos media hora, con avances y retrocesos, supongo, pero fue la revolución de ese día y los dos meses que siguieron.
El propio doctor tomó el caso en sus manos, le hizo innumerables pruebas. Exámenes diversos, y luego, nos dio su diagnóstico: El noruego había vivido más de veinte años entre locos pero era un hombre normal, no se había comunicado con nadie por un mutismo que seguramente lo aterraba a él mismo porque de su estado de delirio alcohólico recordaba casi nada y del barco que lo había traído, muy poco.
La burocracia del hospital era como la de todos, el pobre noruego soporto estoicamente pruebas infinitas, el médico que lograba hablar medianamente su idioma fue siempre su intérprete. Entonces el noruego, el rubio loco, ignorado, y dejado a la deriva en los patios, cobró resonancia, importancia y hasta la popularidad que sólo da la prensa.
La Embajada fue solicitada por la dirección del hospital psiquiátrico. La prensa no dejó pasar la noticia. El noruego fue alojado en un ala de privilegio donde los voluntarios y los enfermeros teníamos nuestras salas de descanso, sin embargo, su rutina seguía siendo la misma si bien la ropa que le fueron dando fue mejor. Su baño con agua helada, sus caminatas, sus cantos lentos, siguieron junto a la espalda derecha y la mirada profunda pero, la sombra de una sonrisa se dibujaba levemente en la comisura de su boca.
Y desde atrás de otra burocracia, la de la Embajada, surgió la noticia que un marino noruego era buscado por sus familiares por América del Sur desde hacía más de veinte años.


Los ojos azules brillaban más que antes, la espalda permanecía rígida y erguida, la cara lucía perfectamente afeitada, tenía un poco más de cincuenta años pero representaba muchos más.
Fui al aeropuerto el día que un avión lo llevó de nuevo a su lejano país, los periodistas acosaban al doctor Shueider, su descubridor, también al director del hospital y al embajador noruego, así que apenas pude acercarme y estrecharle la mano, fue un apretón breve, le deseé la mejor suerte del mundo en una frase chapuceada en noruego que me había enseñado su traductor... me miró con ojos triunfales y me dijo algo que nunca supe que fue.
Vi descender del avió a dos hombres jóvenes, idénticos entre ellos, altos, fuertes, muy rubios, con ojos azules. Miré a nuestro noruego, lo vi sonreír anchamente por primera y última vez, lo vi avanzar los pasos tambaleantes por la emoción, vi el abrazo fundido de los tres mientras los flashes de los fotógrafos y las cámaras de televisión peleaban por la primicia.
Gozando me fui alejando sin dejar de mirar un poco al inconmovible nórdico, el gigante del manicomio, el hombre que soportó con la espalda erguida vivir entre locos, ignorado e ignorando, y allí se iba, llorando y riendo, abrazado a sus hijos, como cualquier hombre normal que regresa al hogar desde la guerra o del infierno, que es lo mismo.

lunes, 25 de julio de 2011

Dejo constancia

Por la presente, y delante del Comisario Sr. Gómez, el suboficial Mandriotti, el adjunto Recchi y los señores: Martín Tulias  y María Blanco, como mis testigos, hago la siguiente declaración, que deberá tomarse como descargo de las acusaciones que injustamente he recibido.
Desde el año 1979, en que descubrí mis poderes para curar  las enfermedades del cuerpo y del espíritu, realizo esta tarea en mi domicilio de la calle Yapeyú a la altura del 2166.
Yo, Blanca Larriera, hasta entonces una vecina más del lugar, participé de un accidente el día 22 de agosto del citado año. En el mismo, salvé  la vida del Sr. Ángel Correa, quien, de no haber sido socorrido por mí, hubiera fallecido en minutos.
Paso a aclarar: Transitaba yo en mi “Estanciera” modelo 1956, por la avenida Martín Miguel de Güemes a la altura del 1400, cuando el susodicho Correa, que circulaba en una “Siambretta”, pretendió ingresar a la citada avenida en la intersección con Encalada, a gran velocidad y sin observar el tránsito. Sin poder evitarlo, lo embestí y, al caer debajo de su propia moto, sufrió el corte de una arteria en su pierna derecha. Creo innecesario aclarar que este tipo de accidentes provoca una hemorragia difícil de controlar. Sin embargo, movida por una fuerza desconocida hasta entonces por mí, me acerqué con tranquilidad al herido y luego de bajarle, con todo respeto,  los pantalones, coloqué mi mano derecha a sólo un centímetro por encima de la herida del pobre hombre (quien puede dar fe de lo que digo) que, casi en un desmayo, pudo constatar que la  hemorragia se cortó de inmediato. Ante su asombro, y el mío, por supuesto, se puso de pie, lo ayudé a subir a mi vehículo y lo trasladé al hospital, lugar donde, con la consternación de los médicos y enfermeras (por el corte sin hemorragia) fue suturado con quince puntos. De   más está decir que esa tarde, su esposa y su hija, que vinieron a  agradecerme el gesto, salieron de mi casa mucho más tranquilas de lo que llegaron, pues puse sobre ellas mis manos, que, ya lo había comprobado, tenían el  poder de sanar. Además, la señora de Correa (también puede ser indagada por estas autoridades) me confesó una dolencia de larga data.
Que quede constancia de que se trataba de “culebrilla”.
Sin tocar su cuerpo, puse mis manos a un centímetro de su cintura y di dos vueltas a su alrededor, en la tercera, la citada hizo que me detuviera, pidiéndome que le dejara mirar su cuerpo, porque sentía una extraña sensación. La hice pasar a mi dormitorio, al lado del hall donde nos encontrábamos y allí, junto a su hija, pudo confirmar que su enfermedad había desaparecido.
A partir del citado día, año y accidente, la voz de mis poderes corrió por el barrio, la ciudad y lugares  vecinos,  primero y lejanos, después.
Importantes curaciones de todo tipo he realizado a personas desconocidas, así como a muchas personalidades: políticos, empresarios, gente de la cultura, quienes siempre agradecieron mi intervención (milagrosa según ellos) con algún dinero u otras vituallas. No como pago, aclaro, sino en agradecimiento, como dije anteriormente.
Sin embargo, el pasado 22 de agosto (adviertan ustedes la coincidencia) desperté con una extraña sensación en mi estómago y en mis manos. Pero, preocupada más por el bienestar de mis pacientes, que por mi propia salud, hago caso omiso a estos indicios y luego de un rápido desayuno, comienzo a atender a la gente que, a esa hora,  ya había formado una larga cola frente  a mi casa.
Aclaro ahora, y para que quede constancia de ello, que estas personas nunca molestaron con palabras o hechos a mis vecinos, quienes a pesar de ello, siempre han hecho denuncias en esta Comisaría, con razones infundadas.
Volviendo al citado día, pude comprobar con asombro que ya no tenía en mis manos el poder.
Como soy una persona sincera, todos ustedes han podido comprobarlo a esta altura de mi confesión, transmití este hecho al paciente que estaba ante mí, quien con mirada aterrada, me acusó de mentirosa y de que lo hacía porque sólo me había entregado (en agradecimiento anticipado), diez pesos. El escándalo que armó alteró a la larga cola y debí salir a ponerlos en  conocimiento  de la terrible verdad. Fue cuando, sin creer en mis palabras, comenzaron a ofender mi dignidad y a acusarme de egoísmo frente a sus dolores.
Esta es la razón por la cual, estimadas autoridades, decidí mudar el consultorio de mi casa particular y establecerme en esta clínica, donde, desde entonces realizo mi trabajo a conciencia. Sobre todo a conciencia tranquila, porque no oculté a nadie la verdad.
Por todo lo dicho, dejo constancia de que si alguno de mis pacientes denunció que no fue curado por mí (a pesar de su agradecimiento), el mismo sabía, antes de consultarme, que mis manos ya no son lo que eran.
Firmo de puño y letra, y firman mis testigos.

Blanca Larriera                           Martín Tulias                      María Blanco

jueves, 21 de julio de 2011

Juicio al silencio y la palabra

Hasta el Juez Supremo han llegado rumores sobre comportamientos impropios de dos, en quienes confiaba plenamente: el Silencio y la Palabra.  Como siempre, antes de tomar cualquier decisión, los ha citado para escuchar las razones que ambos, libremente, expresarán ante él.
El silencio, fiel a sí mismo, viene envuelto en una capa oscura y en el hermetismo más profundo. La Palabra, en actitud poco habitual, mira pensativa hacia un punto inexistente.
Llegan a un lugar que no es centro, pero tampoco periferia.  Elevada sobre una tarima, aparentemente sentada, se vislumbra una figura. Los visitantes hacen esfuerzos por identificarla, pero la luz que emana de ella, les impide distinguir sus rasgos.
Sin embargo sienten... saben, que han llegado al final del camino.
Un gesto y una voz que los envuelve autorizan al Silencio a comenzar:
“Quizá piense usted que es impertinencia, pero en honor a mi gran amiga la Verdad, no puedo hacer más que exponer mis sentimientos”
Y mirando a su antagonista agregó: Debo solicitar su generosa colaboración, Sra. Palabra.       
Sólo cuando ésta asintió con una sonrisa burlona, continuó: “ Siento que no me aparto un ápice de la realidad cuando afirmo que sólo por obra de la palabra, aquellos que confiaron su secreto, se han visto traicionados; que ha sido con su intervención que la soberbia se disfrazó de sabiduría y creó las peores confusiones; que, por obra de sus abusos ha quedado vacía de contenido su propia naturaleza. En cada intervención está acompañada de verbos reflexivos, que sólo se miran a sí mismos; mientras, perdió en el camino los verbos transitivos que llevan hacia  los demás. La misma palabra ha permitido que se cometa el error de enseñar su uso a los niños  sin advertirles que, de su abuso sólo nace el arrepentimiento. Porque... sólo en el Silencio nacen los grandes pensamientos y maduran las mejores obras. El sentir más profundo y las obras más caritativas recurren a mí. Saben que en el Silencio interior es donde encuentran el camino hacia el otro, lo otro y el universo. Toda la historia de la humanidad lo prueba. Los hombres me buscaron y cuando me encontraron lograron ser grandes.
Recuerde, Señor, a Moisés quien pudo ascender por mi intermedio para poder recibirlo”
Hizo entonces el Silencio lo que era esperado de él. 
Nuevamente la voz los envuelve autorizando a la Palabra, quien dice:
 “Cuando yo me hago presente, hasta el Silencio se asegura y nos asegura  que conoce, porque sólo se puede nombrar lo que se conoce. Con total certeza afirmo que el que calla cuando debiera utilizarme sólo expresa su consentimiento. Calla el cobarde, porque cree que es su forma de no asomarse al peligro. Puedo afirmar, sin embargo, que también el que calla es tomado por peligroso y que, quien se teme a sí mismo, se refugia en el silencio. Y hay quienes permanecen mudos, con el semblante serio sólo para   parecer  inteligentes. Sin embargo, cuando la vida no se ajusta a los sueños, recurren a mí para darle sentido. Por mi intermedio se comunican y unen los corazones y, en ocasiones, hasta me ofrezco para expresar  la indignación. Deseo además, dejar constancia de que Moisés me buscó con ansiedad cuando, en su descenso, debió hacer comprensible el mensaje recibido”.
 El  Juez, reflexiona y  dictamina:
 “Luego del Silencio creativo se hacen indispensables las Palabras.
  Luego del Silencio religioso es imprescindible unirse en una historia común.
  Luego del Silencio del éxtasis es necesario expresar la palabra amor.
  Regresarán y, unidos y en armonía, cubrirán el mundo equilibradamente.   
Cada uno buscará su espacio y colaborará en el éxito del otro. Sólo cuando lo consigan, el paraíso se hará presente...”

Desde entonces el Silencio y la Palabra van por el mundo intentando encontrar un escribano ante quien firmar su contrato de colaboración equilibrada.

                                                                                                            Dora Inés Cortón