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viernes, 15 de julio de 2011

Soñándonos.

Solos en la madrugada,
nos descorcharemos el amor
desde la primer mirada.
Se nos unirán los pasos hasta
el hueco dolido del alma,
y nos llegará despacio
el beso abierto a los espacios desconocidos.
Se nos derramará la ternura
por el filo de los dedos
luego, como en torbellinos
tendremos un mar de antojos,
dibujaremos infinitas formas en las
sábanas inocentes y
se nos olvidará para siempre
el tiempo
después del penúltimo suspiro.

Solos en la madrugada
aprenderemos al fin, que
espacio ocupan nuestros cuerpos,
sabremos que cosa son
dos almas entretejidas.
Nos robaremos más y un poco más
de cada uno.
Guardaremos en secreto lo que nos pasó.

Solos en la madrugada...
Encontraremos cajas, baúles , arcones,
para ocultar la magia que nos perteneció.
Solos en la madrugada...
vendrá el después y uno
y otro, en cada hemisferio del mapa,
nos recordaremos.
Solos en la madrugada...
Volveremos a soñarnos, a desearnos,
a querernos...
Volveremos a sufrirnos, padecernos,
esperarnos...solos en la madrugada.

jueves, 14 de julio de 2011

Alto costo

   Lleva horas sentada en la cama, frente a la única ventana de la habitación. Los brazos rodeando sus piernas y la mirada perdida en ese horizonte mental. El pensamiento vuela lento, frenado por las ataduras y las penosas experiencias.
   “La vida empieza mal para muchos. No, para muchos no, para muchas como nosotras”. Se recuerda esa misma mañana acomodando el cuello del guardapolvo  de su hermanita, poniendo en su lugar un mechón desobediente, que volvió a caer  en la frente ni bien lo soltó. Igual que los mechones de su vida.
   La dejó en la puerta de la escuela apretándole con fuerza la mano como para convencerla, y convencerse, de que evitaría que la vida siguiera siendo mala con ambas. La miró atravesar la puerta. Cuánto le agradece a la gorda Mirta. Ella denunció al viejo. “Claro, sabía bien lo que pasaba, pero no se animaba porque mi vieja no decía nada. Mi vieja, ¡pobre!... ¿pobre?...”
   Desde hace un tiempo está aprendiendo cómo llegar a la noche, meterse en la cama sin temblar, sin que el corazón le  lata a mil por temor al aliento a alcohol, al olor agridulce y al peso insoportable. Deseaba cada vez morirse ya, ahí mismo.
   Cuando entró al “Hogar” se quitó de un manotazo las lágrimas que bajaban con  bronca, más que con dolor. A los quince años sabía ya demasiado de la ruindad humana, por eso se prometía que su hermana no perdería las ganas de jugar, de aprender a ser feliz. “Me ocuparé de eso”.
   Ya ahorró lo suficiente para comprarle esa muñeca que tanto desea. Y seguirá ahorrando. Es que necesita tanto darle lo que nunca recibió. Sobre todo ternura.  Aunque aún no sabe cómo, no permitirá que le roben lo que a ella ya nunca podrán devolverle: la esperanza.

miércoles, 6 de julio de 2011

Regalo para mi origen

Te escucho abuelo                                
y mientras crece tu relato                     
tu voz va dibujando                              
el nombre con aroma a hogar               
 y con sonido a puerto.                           
Portugal, dicen tus labios                        
y mis ojos navegan pensamientos         
en el mismo barco que te trajo un día                                   
y que en un instante                        
me lleva de regreso.                          
Tu boca, mece en las olas               
patria, nogal, olivos, naranjales
y en el mapa nacen frutos
entre valles, aldeas,
montañas, frescas fuentes.
Lejos está el huerto
y el otro abuelo, que es tu abuelo.
El que con voz intensa
canta el mismo fado
que bailo en el deseo,
allá en el tiempo.

Que eras niño, cuentas
y que el mar enfurecido
quiso negarte hasta el  adiós
cuando partiste.
La voz que se hace joven
se desfleca en susurros
y…  madre, dices.

Pero ya brilla en tus ojos
la silueta de tu padre
en este puerto,
el del río calmo
con color a tierra
que se teñirá de verde
y regalará cada año
olas de trigo
donde bailen otro fado
los  nuevos tiempos.
Y aquí, también un huerto
y este abuelo, que es mi abuelo.
Y un ciruelo, y un nogal
que entrelazan en sus sombras   
los dos amores   
que elegiste hacer eternos.

lunes, 4 de julio de 2011

Almacén “La Polola”

Polola sentía que el destino era ingobernable, que nada podía hacerse contra él. Por eso había aceptado con pasividad los hechos ¿Cómo hubiera podido cambiar las cosas? ¿Quién era para rebelarse?
Desde la partida de su madre todos volcaron en ella la responsabilidad de llevar adelante la casa. Su padre y sus tres hermanos actuaban como si desde siempre las cosas hubieran sido así y Polola luchaba contra ella misma para no decepcionarlos.
Empezó a dejar de soñar de a poco. Primero desechó su sueño de alejarse del lugar. Había heredado una familia. Era incapaz de abandonarlos. Y ni siquiera pensaba en esto,  cuando llegó al almacén aquel amigo de su hermano mayor.  Con sus miradas, con sus palabras, con su interés, despertó en ella antiguos deseos, nostalgias dormidas. Pero claudicar hubiera significado infidelidad.
Para entonces atendía a los cuatro hombres y el almacén. Allí también le dejaron toda la responsabilidad. Los viajantes, las compras, los gastos, todo estaba bajo su control. Se  multiplicaba para no fallarles.
Cuando Cacho, el mayor, se casó sintió celos, pero llegó a la conclusión de que él necesitaba una esposa y, aunque Celeste le parecía demasiado moderna, aceptó con resignación la nueva situación.
Por entonces, sumó a su vida tareas de enfermera. Su padre empezó a sentir los primeros síntomas de aquella enfermedad. No había en el lugar quien pudiera aplicarle las inyecciones que diariamente necesitaba. El doctor Rosales, con paciencia, le enseñó y Polola, que siempre se había sentido incapaz de esas cosas, aceptó en silencio este nuevo desafío.
Entretanto, su hermanito menor se enamoró locamente de la hija del puestero y su deseo de casarse casi de inmediato la sorprendió; quiso resistirse, pero, ¿Cómo hacerlo? Todos estaban tan contentos que no se atrevió a decir nada. La familia se reducía cada vez más. La larga enfermedad del padre no le permitía pensar mucho en ella, aunque cada tanto sentía una suave pero persistente melancolía, que atribuía a la pena de saber que el fin se acercaba. Cuando el pobre viejo murió, tuvo que encargarse de todo, no podía contar con sus hermanos casados porque sus cuñadas no lo permitían. Una, porque se ocupaba sólo de sí misma; la otra, ¡era tan joven e inconciente! Y Mario, el soltero, sólo servía para el juego y la bebida. Y así, Polola comenzó a vivir esta nueva vida en la que ya no tenía familia a quien atender. Ahora podía empezar a pensar en ella, pero ya ni sueños le quedaban. Por eso, siguió resignadamente en el lugar. El almacén era el único contacto que le quedaba con los otros.
Su vida transcurría sin sobresaltos ni mayores problemas hasta que llegó al lugar el nuevo administrador de “La Cautiva”, Don Alberto. Polola lo conoció el día que entró al almacén con sus tres hijos a comprar harina. Le pareció que los chicos eran alegres y cariñosos, sobre todo cuando rodeaban a su padre como pichones. Pasó mucho tiempo hasta que Polola supo que era viudo y fue por la pequeña Laura. “Yo extraño mucho a mi mamá, ella se murió ¿sabés? Era dulce y buena como vos, por eso me gusta venir al almacén”.
Un día, tuvo conciencia de que los chicos venían cada vez más seguido, pero lo que la sorprendió fue descubrir que el padre también. Sus conversaciones se iban haciendo más personales, más profundas. Coincidían en muchas cosas, especialmente en lo relacionado con los chicos, con quienes había logrado más que amistad.  Ya la consultaban para casi todo y, poco a poco, comenzó a participar en cuestiones familiares y reuniones.
Por eso, cuando Alberto (ya era Alberto a secas) le propuso que se casaran y compartieran sus vidas a Polola le pareció que ése era su destino.
Sin embargo, esa mañana al levantarse después de otra mala noche, su mirada se detuvo en cada objeto: la carpetita de crochet que tejiera su madre, la vieja radio que acompañara sus horas de soledad, aquella lámina de almanaque con un paisaje antes soñado y hoy, descolorido por el tiempo. Lentamente, se acercó al ropero, se miró con minuciosidad en el espejo, alzó los brazos y bajó la valija de cartón marrón cuyos bordes había desgastado el roce con el mueble. Suave pero decidida, comenzó a llenarla de ropa. Miró su reloj, cruzó el almacén, única salida de la casa, y, antes de cerrar la puerta echó una mirada, la última, al lugar. Sus pasos lentos la llevaron a la estación. Compró un pasaje y cuando el tren comenzó a andar tuvo la certeza de que su madre se sentiría feliz al saber que por fin, después de tantos años, había aceptado vivir con ella en la  ciudad.

domingo, 3 de julio de 2011

Otras letras de otoño.

Me sucede...
en estos días donde las hojas
me miran tiritando desde la veredas,
donde los vientos cambian sus rumbos
y se acercan
los tiempos de lluvias,
y me sucede en estos tiempos
que siempre coincide con
las mismas hojas del almanaque...

...tiempo previo al invierno:
mañanas tristonas
tardecitas diplomadas de noche
alfombras de hojas suicidas...

Entonces me nace, me hiere,
me convoca,
la mágica sensación de armar
líneas mientras se ríen las hojas
allá, afuera,
y desde este lado las palabras
surgen rápidas, raudas
anhelando amores o muertes
que a veces, suelen ser
la misma cosa...

... los fantasmas del pasado
siempre rondan mi casa
desde aquel día,
hasta el último que haya
de beberme,
andarán buscándome en
este equinoccio de soles
esquivos y brisas frescas...
... me quedo mirándolos,
esperando que sus recuerdos
me inspiren los versos
o los cuentos,
son ellos los que dictan desde
su presencia otoñal,
la locura de mis palabras...
me quedo aletargada, esperando
la llegada, los vientos,
las hojas y mis fantasmas...
los veo llegar, mi mano corre rauda
sobre papeles y teclados,
los miro y me veo,
seré yo en algún tiempo
otro fantasma más que ambule
en esta vieja casa,
me miraré en mi propia foto
sin poder gritar
que ya fui,
buscaré las sombras de otros
que fueron conmigo para
que mi errar no sea solitario,
me miraré en los ojos
de mis hijos,
enredaré los dedos de mis nietos
tal vez hasta pueda
susurrarle a alguien palabras
que rasguen papeles
mientras cae el sol de una
tarde tibia...
...descansaré quizá,
porque esa sabiduría no la tengo,
y entonces,
la muerte, sería sin descanso,
otra cosa vana por la que esperamos
sin remedio.

viernes, 1 de julio de 2011

Ustedes y las cosas.

Quedarán mis libros sin amante
y mis escritos sin novia.
Quedará mi ropa por si acaso
alguien pueda entrar en ella y aún, disfrutarla.
Quedarán las tacitas de la abuela y
el increíble crochet que dejó mi madre.
Quedarán cuadernos escritos y
las agendas donde matriculé mis días,
y donde apunté mi amor
y las orgías que hice con nombres
de hombre que me inventé para parir poemas.
Quedará un papelito donde un hombre
jamás pudo escribirme un verso.
Incontables correos de otro
que me amó sin medir la distancia.
Quedarán también en mi obsesivo rincón de recuerdos locos:
pasajes, entradas de teatros , fotografías más antiguas que mis abuelos.
El pasaporte de mi bisabuelo que escondí como reliquia.
Las fotos de mis hijos.
Las de mis nietos.
Las fotos de los niños que escucharon mis cuentos.
Fotos del mar.
Las de los puentes que pude caminar.
De los caminos que pude andar.
Quedarán montones de deshechos que no podrán tirar de una vez.
Y dentro de un cajón, protegidos del tiempo y de todos nosotros,
estarán los pañuelos impecables que mamá
mandaba a usar y nunca lo hice.
Valijas con trabajos de niños,
baúles con ropas antiguas que fueron disfraces.
Pero más que nada y como herencia irreverente
quedarán papeles escritos por todos lados.
¡ cuánta quemazón y disfrute para la chimenea de invierno!
El humo....¿ habrá de llegarme?

Detalles de un crepúsculo


Detalles de un crepúsculo

Centenares de ocultos e invisibles seres
despliegan un poncho calamaco
sobre el interminable verde.
Solemnidad.
El silencio pampeano
arrebatado por el sueño,
descubre retoños de vida:
temblor en el pajonal, un relincho nervioso,
un mugido, el grito de un chajá.
Cae la tarde y hasta el más arisco
acepta la invitación de la naturaleza.
El monte  comienza la danza
que el viento, a su paso, le hace bailar.
El duende, que juega a la vida,
busca en el yuyal su refugio-nido.
Todo se aletarga. El gris es azul.
La niebla,  una gasa que cubre la pampa.
El arroyo viejo entona desde el tiempo
un son que aprendió allá en el manantial.
En el horizonte, en un solo instante,
se pinta una línea ceniza y añil.
En suspiro enorme de aliento reciente
dice  la llanura de un mañana cierto.
Todo se ha dormido.
Comparten el sueño de una nueva luz.